ANO 03 - N07 - "Incerteza" ISSN 2359-4705

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Figuras de la incerteza


Alejandra González[1]

 

 

 

“El cielo que desciende sobre la tierra

eleva la tierra al cielo”

 Simone Weil.

[La gravedad  y la gracia]

 

Nubes visibles como masas blanquecinas portadoras de gotas de agua, o cristales de nieve suspendidos en el aire. Cuanto más leves más blancas, cuanto más  densas,   más grises o  negras.  Dispersión de la luz visible.  Nacen del agua evaporada de los océanos; transparentes,  se vuelven rojizas al atardecer por obra del sol. Mortales: se deshacen en  lluvia, granizo o nieve.

Nubes nunca rectas. Adoptan  formas curvas. Se aglomeran, se expanden.  Aparecen en el espacio público como cirros, estratos, cúmulos o nimbos[2]. Taxonomías del imperio inglés siempre pretendiendo clasificar lo impredecible para colocarlo bajo su dominio administrativo. Tropos de una retórica  de imposible clasificación.

¿De qué nos persuaden?

Agua, vuelta figura, vienen de los antiguos libros como cabalgaduras de los dioses:

“¡Miren! Jehová va montado en una nube veloz y entra en Egipto. Y los dioses de Egipto que nada valen, ciertamente se estremecerán a causa de él…” (Lucas 19.1) Son las nubes pesadas las que guían al pueblo de Israel en su lento exilio de cuarenta años a través  del desierto.   En las noches las nubes se encienden como  “columnas de fuego” para iluminarlos.  “Entonces el ángel del Dios verdadero que iba delante del campamento de Israel partió y se puso detrás de ellos y la columna de nube partió de la vanguardia de ellos y se situó detrás de ellos.” (Éxodo 14.19)

Expresión que rodea el poder divino, las nubes  enmarcan su cólera:

“…durante la vigilia matutina aconteció que Jehová empezó a mirar hacia el campamento de los egipcios desde dentro de la columna de fuego y nube, y empezó a poner en confusión el campamento de los egipcios. Y siguió quitándole ruedas a sus carros, de modo que los conducían con dificultad, y los egipcios comenzaron a decir: Huyamos de todo contacto con Israel, porque Jehová ciertamente pelea por ellos contra los egipcios.”(Éxodo 14.24,25)

La nubes pesadas son las que acompañan la ira de Dios, para los profetas, temor de los enemigos pero también de ese pueblo elegido que no termina nunca de romper con la alianza “¡Mira! El nombre de Jehová viene de lejos, ardiendo con su cólera y con nubes pesadas…” (Isaías 30.27)

Nubes portadoras de dioses,  cargadas, violentas. Nubes que toman partido por unos pueblos contra otros, guías, carros, vengadoras. No son frágiles en el relato del Éxodo.  Pero además rodean la gloria y el poder divinos del Jehová desesperado y  violento del Antiguo Testamento.

En el Nuevo también operan: “… y verán al hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria.” (Mt 24.30)

La Palabra manifiesta que esta nube estaba dirigida por un ángel y asociada a la gloria divina. Al regreso triunfante de la omnipotencia.

“Entonces ocurrió que tan pronto como hubo hablado Aarón a la entera asamblea de los hijos de Israel, ellos se volvieron y dirigieron sus rostros hacia el desierto, y ¡Mirad!, la gloria de Jehová apareció en la nube.” (Ex 16.10) “Y la nube empezó a cubrir la tienda de la reunión, y la gloria de Jehová llenaba el tabernáculo.” (Ex 40.34)

¿Nubes monárquicas que defienden el poderío de un Dios, señor de los ejércitos? ¿Nubes imperiales que anuncian el triunfo de un pueblo sobre otro?

Pero falta aún más en nuestra arqueología teológica de las nubes:

“Inclinó los cielos, y descendió; y había densas tinieblas debajo de sus pies. Cabalgó sobre un querubín. Y voló; voló sobre las alas del viento. Puso tinieblas por su escondedero, por cortina suya alrededor de sí; oscuridad de aguas, nubes de los cielos. Por el resplandor de su presencia, sus nubes pasaron…” (Sl 18.9-12)

Finalmente, las nubes se asocian desde siempre con los ángeles: “ Quienes son estos que vienen volando justamente como una nube, y como palomas a los agujeros de su palomar?” (Is 60.8)

O en el libro de Ezequiel:

“Y empecé a ver, y ¡Mire!, había un viento tempestuoso que venía del norte, una gran masa de nube y fuego trémulo y tenía un resplandor todo alrededor, y de en medio de él había algo como la apariencia del electro, de en medio del fuego. Y en medio de él había la semejanza de cuatro criaturas vivientes, y esto es lo que parecían: tenían la semejanza del hombre terrestre.” (Ez 1.4,5)

¿Nubes y querubines?  De una retórica de las nubes a una jerarquía angélica. En orden de potencia decreciente los coros se organizan, porque hay clasificaciones para todos los entes, incluso nubes y seres sin cuerpo:

Primera jerarquía: serafines, querubines, tronos.

Segunda jerarquía: dominaciones, virtudes, potestades.

Tercera jerarquía: principados, arcángeles, ángeles.

Nubes como montículos que esconden, encubren, peor a la vez manifiestan la potestad divina. Ángeles para  incrementar la gloria majestuosa y el triunfo…

“Y  todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mt. 24:30).

Nubes y ángeles clasificados de acuerdo a su lejanía de la tierra, a su acercamiento a Dios. Los ciudadanos de la ciudad celeste reunidos  para realizar el culto. Si la Iglesia mantiene su meta escatológica,  entonces es  a través del culto que se relaciona con  los habitantes del reino de Dios. Los ángeles, como ciudadanos de primera, nos enseñan los cánticos de alabanza cuyo ejercicio constante nos  permitiría  la legitimación de los que aún no tenemos pasaporte para esos cúmulos de gloria.

Si el culto de la iglesia celeste por los ángeles y la liturgia de la iglesia terrena por los hombres,  tiene una relación originaria con el mundo político, nos encontramos nuevamente con Agustín. Es allí donde plantea de modo luminoso que la ciudad de Dios está constituida por ángeles y beatos que ocuparán el lugar de los ángeles caídos. Se trata de conservar el número, claro los ángeles asexuados e inmateriales  no se reproducen. Si los endemoniados se retiraron del culto, habrá que reemplazarlos por los beatos que debidamente adoctrinados podrán ocupar el lugar de los rebeldes. La preservación, como en cualquier estado moderno, es la del número. Claro que también se cuida la calidad, por eso hay que practicar la liturgia,  volver a los viejos ceremoniales, apegarse a la tradición. La soldadesca angélica debe continuar como multitud ordenada, y los caídos, serán reemplazados por sus similares. Para gloria de Dios.

Si las nubes se ponen al servicio de los coros angelicales, sus figuras  se vuelven parte de la liturgia del poder. Ornato,  iconos, aclamaciones, todas tipificadas y señalizadas en una orgía beatífica. El concepto de orden organiza la escala angélica, las figuras nubosas. Las primeras como modelo del ordenamiento político humano, las segundas como modelos para  la materialidad terrena. Y el detalle obsesivo  en la descripción del funcionamiento de este ejército sólo se justifica porque su cumplimiento  determina la  cercanía con el centro ardiente del poder. La política consistiría en la relación que el culto,  a través de la participación de los ángeles, instaura con esta “publicidad celeste”: la relación entre la asamblea cristiana y la polis uránica es una relación política y por esta razón los ángeles, como reflejos del Señor de los cielos y las nubes,  deben participar de un modo rector  en los actos de la liturgia  eclesiástica.

La única relación política[3]  es la relación angeológica – cultual entre la Iglesia y el reino celeste –.  La trascendencia escatológica que nos orienta hacia ángeles y nubes, nos arrastra en un canto de alabanza. Y así los ejércitos angélicos, y los ángeles arcabuceros que abundan en la iconografía del barroco indiano,  son los garantes de la relación originaria entre la Iglesia y la esfera política y del carácter público y político  del ceremonial completo de los signos y los gestos que celebran la gloria y el poder.  Aún más, la función de los ángeles solo es alabar, como el de las nubes transportar la gloria, y el de los hombres someterse al monarca, emperador, estado en su versión secularizada. Toda la asamblea  terrena  debe encaminarse a la Iglesia celeste, cuyos cánticos proclaman  eternamente santo, santo, santo, como los  líctores romanos. Emblemas del poderío militar de los reyes etruscos, adoptado luego por los monarcas romanos y perviviendo durante la república y parte del imperio. Líctor como poder, unión del haz de varas que flagela   y el  hacha que corta y castiga con la muerte al solitario. Se deja vivir a quien se liga y participa de la creencia.  Fasces lictoriae,  transportados por los curules como símbolo de la autoridad del imperium y de la justicia humana (deificada entonces como el imperator)  llevados al hombro por un número variable de líctores, fasces lictoriae, que acompañaban a los magistrados curules como símbolo de la autoridad de su imperium.

¿Qué sentido tendría el purpurado manto, el cetro de marfil y la corona de oro que rodean  a ese rey, siempre desnudo para el ojo del niño, circundado por los lictores  con su boato y sus varas entrelazadas con el hacha  sino ocultar  la ausencia no de poder legítimo sino de todo poder? ¿Qué hacen querubines y serafines sino cantar la gloria de Dios oculto por una nube que vela quizás no su inexistencia sino su debilidad?

O eterno padre, toda la tierra te adora

A ti cantan los ángeles y todas las potencias celestes

A ti los querubines y los serafines te proclaman con voz incesante.

Ángeles y gobernantes  que dirigiéndose a los humanos, los administran, y ángeles superiores  o líctores que asisten a Dios, al César, contemplándolo  en su beatitud. Dos tareas diferenciadas que añaden a una función, la naturaleza de un ser. Ángeles ministros y ángeles ceremoniales. La liturgia se teje con el juego de lo imaginario para garantizar la eficacia de una simbólica del poder que opere sobre lo real de los cuerpos. (¿O acaso describe Kafka otra cosa que el juego de los ángeles devenidos porteros de la Justicia, carceleros o jueces de un orden absoluto?) Jerarquía, ministerio y orden son las claves de esta taxonomía, del funcionariato en que el Reino de Gloria ha devenido. El cielo reina sobre la tierra, las jerarquías celestes mueven las marionetas de los príncipes cristianos. Y sumisos y ciegos, obedecen los engranajes del organismo social.

Ni hombres ni ángeles son una masa. Como tampoco lo son las nubes. Rigurosamente ordenados en una jerarquía, precisamente porque son seres racionales, sin cuerpos y sin pasiones, solo en la extática contemplación del poder (Incluso cuando ya el apocalipsis haya advenido, seguirán contemplando junto con los beatos la gloria de Dios y el eterno castigo de los condenados).  ¿Continuidad entre el cielo y la tierra? ¿Tierra a imagen y semejanza del cielo? Del  Misterio de la Gloria Eterna al  ministerio de la burocracia estatal, o al revés, se trata, en todos los casos, de una línea única, sin adentro ni afuera.

Desde la Santísima Trinidad se transita de lo divino a lo humano por un descenso reglado. Es ese cálculo el que permite el paso del puro éter  a la materialidad de los cuerpos tensionados por la burocracia disciplinar. Sin jerarquía se pierde la deificación y también entonces la salvación.

Toda la mística angélica está  destinada a instaurar  la teologización de la política, sacraliza  las acciones de gobierno. Fundación de una burocracia celeste que se perpetúa en su duplicación terrestre[4], y  la santifica. Ángeles burócratas, y nubes gloriosas comulgan en el culto del Señor de los ejércitos: santo, santo, santo, todo honor y toda gloria, Señor Presidente.

Pero hay dos puntos cruciales en la  angeología que nos detienen:

El primero,  cuando llegue el fin del mundo, los cielos y la tierra devenidos uno, ¿qué función tendrán los ángeles?  Cesará el hacer y la obra. ¿si no hay que organizar el mundo, qué significará la alabanza de Dios? No habrá que persuadir a nadie ¿para qué entonces la retórica, la liturgia, el ceremonial? ¿Qué funciones para las fuerzas armadas en tiempos de paz?

Y el segundo, ¿cómo no caer en la trampa o la confusión que implican no saber cuándo la tierra se eleva al cielo y lo modela según sus órdenes y jerarquías, y cuándo es el cielo el que desciende e inviste los gobiernos terrenales y los sacraliza en tanto imitatio del mundo celeste  ¿nuboso?).

La teoría de los ángeles es una teoría del poder.

Desde Pablo de Tarso, el sentido final, en el tiempo en que se hayan cumplido todos los tiempos, el Mesías triunfará sobre ángeles y burócratas, no habrá mensajeros, porque miraremos cara a cara lo que haya que ver. No harán falta gobernantes porque no habrá acción alguna a realizarse. El tiempo habrá acabado. Y la única manera de no equivocar el rumbo (¿será la tierra la que se impone, la carne en términos paulinos, o el cielo?) es desconfiar de todas las instituciones: del imperio y de la sinagoga, de la Iglesia y del estado moderno. Mantenerse en el como si de la acción, en el uso pero no en la apropiación.

Finalmente, volvamos a las nubes. Algunas terminan en lluvias nutricias y otras son solo fuente de temor y temblor portadoras de  relámpagos y truenos,  prueba de la majestad de lo absoluto. Esos cuerpos paradojales que parecen vacíos pero están plenos, que parecen frágiles y evanescentes y están llenos de tensiones,  que parecen pesados y brumosos y guardan la fragilidad de los dioses. Tan paradojales como los ángeles, cuya única función, es entonar los cánticos de alabanza al señor, para ocultar quizá no  la absoluta inexistencia de aquel a quien llaman Dios nuestro señor, sino el  absoluto vacío de poder que esconde ese lugar  desde donde la burocracia trajina con los cuerpos. ¿No velan ambos, nubes y ángeles,   las nubes con su   transparencia, el vacío absoluto,  y los ángeles con sus canticos el silencio  inaudito de Dios?

Si las nubes son los símbolos que encubren a Dios, los ángeles nos introducen en la ciencia de esos signos, donde las nubes aparecen como expresión privilegiada.  Ellas son las que transportan, las que muestran lo alto y lo bajo, lo que parece cercano y lejano, lo leve y lo pesado. Estructura interna de las nubes y figuras expresivas de una comunidad que en su máxima tensión son nada y todo, y encubren a la vez lo que es todo y nada.

¿De qué nos persuaden los ángeles?

En su forma etérea, sin cuerpo, ni sexo, pura alabanza, pura acción desmaterializada, en su faz ambigua, nubosa, nos persuaden de la diferencia entre dos hipótesis: la que niega que de la nada, pueda surgir algo, y la que proclama, afirma que la omnipotencia divina es capaz de hacer algo desde esa nada. Problemas de finísimas exégesis teológicas, que tienen nada en común. Solo la omnipotencia podría hacer soportable esa nada. Y a ello se dedican los ángeles, a proclamar la potencia absoluta que vela esa nada de la que nada puede surgir.

Seguramente leer en las nubes las figuras de una retórica, cada una de ellas con un sentido figurado respeto de un sentido literal, implicaría en algún lugar la correspondencia de ese sentido con su referente, y quizás más aún, en un arrebato idealista, dado un nombre se desplegaría su existencia. ¿Pero después de todo, en  una forma mucho más sutil, los cantos de alabanza al que se proclama santo, santo, santo  son otra cosa que el encubrimiento imaginario del agujero de lo Real, o la nada de Dios?  ¿Acaso toda la escatología occidental no está ligada a proclamar al emperador, a los reyes, a los presidentes y sus caricaturas secularizadas modernas como centros de decisión, como formas de una política que da por sentada la existencia de un poder, que se dispute, reparte o en el mejor de los casos se comparte entre unos pocos? Un poder amplio que en su vacío solo puede aparecer velado bajo las liturgias cada vez más complejas con las que se recubre

¿Cómo volver a esas nubes un conjunto,  no un velo, pantalla que encubre la nada?.  ¿Cómo volverlas agua nutricia? ¿Qué otras figuras que se disuelvan en agua, semilla húmeda y crecimiento? Quizás las nubes no nos quieran persuadir, y les atribuyamos esas figuras fijas como un modo de volverlas guardianes de lo indescifrable.

Pero  quizás haya otra forma de pensar el modo en que la tierra pueda elevarse al cielo,  dada la  absoluta falta de respuesta  de Dios, no  cayendo  en un antropocentrismo,   y saliendo de la afirmación narcisista de la tradición occidental sin hundirse  en las aporías de esa omnipotencia que finalmente es un control policial sobre los cuerpos. Descolonizar el pensamiento, sería quizás pensar las nubes en la estela de los hacedores de lluvias.

¿Y si abandonamos una retórica como  la organización de las figuras en relación a un sentido desviado?, ¿Si queda abolido el sentido literal, por ausencia del máximo referente (Dios como supremo monarca, el Imperator, el Cesar)? ¿Si nos atrevemos aún con la vieja bruja de la gramática, si rompemos las atribuciones,  acabamos con los dispositivos sintácticos que no dejan de engendrar dioses? ¿Si logramos  hacer de las nubes un juego de fuerzas asubjetivas, no occidentales, ni modernas, ni humanas, ni personales, ni menos  objetos (de estudio),  simplemente un momento de esa tierra cielo a la que cuidamos cuidándonos cuando preservamos su absoluta singularidad que no puede ser clasificada, su unicidad que no puede ser disuelta en universalidades? ¿Y si nos entregamos a la incerteza de sus figuras y a lo impredecible de su devenir?

 

Recibido: 14/11/2016

Aceptado: 15/11/2016


 

[1] Doctora en Filosofía de la Universidad del Salvador. Magister en Análisis del Discurso por la UBA. Docente e investigadora de la UBA y en la Universidad del Salvador.  Ha participado como expositora y/o profesora invitada en diversas universidades extranjeras y recibido el Tercer Premio Nacional de Ensayo Filosófico en 2012 por su libro “Simone Weil y Etienne de La Boétie: Ensayos sobre el deseo de libertad y la voluntad de servidumbre”.

[2] Clasificación de Luke Howard, químico y meteorólogo inglés de principios del siglo XIX.

[3] Seguimos en este razonamiento a PETERSON, E. El monoteísmo como problema político. Madrid: Trotta, 1999.  Pero para discutir su posición.

[4] Seguimos aquí el concepto de Burocracia celeste que despliega AGAMBEN, G.  en  El Reino y la gloria. Córdoba: Adriana Hidalga editora, 2008.

Figuras de la incerteza

 

RESUMEN: ¿Se podría hacer una  arqueología teológica de las nubes? De una retórica de las figuras que forman en el espacio público celeste se deriva en una jerarquía angélica de disciplinados acólitos de los dioses. Al servicio de los coros angelicales, sus figuras se vuelven parte de la liturgia del poder en una orgía beatífica. El orden organiza el espacio celeste a la medida de las articulaciones jerárquicas eclesiales.  Certidumbre de una trama férrea que se posiciona en torno al núcleo ardiente del poder y que ordena la tierra a la medida del cielo. Retórica que nos persuade de la potencia de ese núcleo por la proliferación de los artificios. Basta con cambiar la taxonomía  para que se devele el vacío que las nubes rodean.  Incertidumbre de las figuras, clasificación anómala y fluctuante,  ángeles sin funciones, revelan simplemente lo impredecible de un devenir.

PALABRAS CLAVES: Arqueología teológica. Retórica. Poder. Liturgia.


Figuras da incerteza

 

RESUMO: Seria possível fazer uma arqueologia teológica das nuvens? De uma retorica das figuras que formam no espaço publico celeste deriva-se em uma jerarquia angélica de disciplinados acólitos dos deuses. A serviço dos coros angelicais, suas figuras tornam-se parte da liturgia do poder em uma orgia beatifica. A ordem organiza o espaço celeste à medida das articulações jerarquicas eclesiais. Certeza de uma trama firme que se posiciona em torno do núcleo ardente do poder e que ordena a terra à medida do céu. Retorica que nos persuade da potência desse núcleo pela proliferação dos artifícios. Basta com mudar a taxonomia para que se revele o vazio  que as nuvens rodeiam. Incerteza das figuras, classificação anômala e flutuante, anjos sem funções revelam simplesmente o imprevisível de um devir.

PALAVRAS-CHAVE: Arqueologia teológica. Retorica. Poder. Liturgia.